En esos años, la convivencia entre los vecinos era entrañable. Nos traían ciruelas, huevos frescos o ramos de flores de los patios vecinos. Mis padres retribuían con canastos repletos de damascos, higos o limones. Muchas veces, estábamos sentados bajo el parrón y escuchábamos caer al suelo los damascos más maduros, picoteados por los pájaros. Entonces trepábamos por las ramas hasta lo más alto, allá donde se podían ver los otros cerros vecinos con sus palacios de zinc y la imponente torre de ladrillos rojos de la iglesia de San Francisco, cuyas campanadas daban el tono exacto de la infancia en el patio de la casa.

Manuel Peña Muñoz. Valparaíso, la ciudad de mis fantasmas.